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:: La Gran Afeitada, de Martin Scorsese.

Una reseña sobre el corto de Martin Scorsese

Si a lo largo de su carrera Scorsese necesitó de una gran cantidad de largos para llenar a la historia del cine con sangre, en The Big Shave necesita sólo de 5 minutos. Como si el tiempo estuviera retrospectivamente comprimido, esta temprana película de Scorsese comienza mostrándonos la pulcritud de un baño, de hogar, de hotel, o hasta de los lujosos restaurantes en donde comerán tantos personajes. Otra vez protagonista, el baño, escenario típicamente mafioso, acostumbrado a recibir la cálida sangre de los delatores, espera ahora la inocente sangre común a Johnny Boy (Robert De Niro), en Mean Streets, y a cualquier buen hombre de familia, brotando, en principio, disimuladamente de una hojita de afeitar. Repitiendo una y otra vez el mismo gesto, el anónimo personaje va afeitándose y quitándose la espuma lentamente, plano por plano, detalle por detalle. Sin que apenas podamos notar su trama sangrienta, un pequeño y fugaz corte aparece bajo la patilla del personaje, inaugurando lo que será el tópico más codiciado por Scorsese, en un ambiente casi publicitario, con detalle de una espuma de afeitar, de una hojita, jazz de por medio. El disimulo, empero, no tarda en desaparecer y el protagonista se avalancha a una catarata de cortes, reemplazando la espuma de afeitar por un pegajoso baño de sangre que es desparramado una y otra vez en cada movimiento. Si bien cada acto criminal, cada gesto minimalista de la gillette, se mantiene dentro de ese marco casi familiar que la banda de sonido y los cortes claros y detallistas nos ofrecen, como si los espectadores mismos de la película fueran esas apacibles familias norteamericanas reunidas frente al nuevo ídolo de nuestras sociedad: la televisión y la publicidad de nuevos productos. El final llega casi anunciado, con un grotesco corte de oreja a oreja, con la indiferencia total del personaje que en vez de vendernos sonrientemente un producto para el confort de nuestra vida cómplice, nos ofrece sangre y nada más que sangre, enrareciendo la imagen y generándonos un irónico malestar ante el sinsentido de la misma que sólo puede terminar con un gesto de humor y una mueca sonriente.

Por Guido Fernández Parmo (guido@solocortos.com)
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